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Desde la ropa que nos vamos a poner a primera hora del día hasta el programa o serie de televisión que vamos a ver por la noche. La vida es una continua elección y, en función de la opción que escojamos, obtendremos diferentes consecuencias tanto a nivel individual como global, por lo que es importante tratar de tomar mejor decisiones.

¿Recuerdas la película Dos vidas en un instante? En ella, Gwyneth Paltrow se enfrenta a dos futuros completamente diferentes por el mero hecho de elegir entre ayudar a una niña a coger una muñeca y perder el metro o no pararse y subir al vagón. En el ámbito profesional, qué estudiar o dónde hacerlo, a qué actividades asistir, de quién nos rodeamos o a qué ofertas de empleo postular son quizá las principales decisiones que marcarán nuestra carrera, pero no las únicas: cada acto nos acercará o nos alejará de nuestros objetivos.
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La complejidad de las decisiones

Ante esta responsabilidad sobre nuestro devenir, es lógico considerar que tomar mejor decisiones es uno de los procesos más difíciles a los que nos enfrentamos, pues entran en juego, además, factores subjetivos que dificultan la racionalización de nuestra mente.

“En la teoría de la decisión no hay nada más irracional que hablar de racionalidad, porque cada uno tiene sus razones, señala Pedro Pavessi, profesor de la Cátedra de la Teoría de la Decisión de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de Buenas Aires, quien define el concepto como “el proceso deliberado (y deliberativo) que lleva a la selección de una acción entre un conjunto de acciones alternativas”.

Por su parte, Trevor  Hastie, profesor de Estadística de Stanford describe las decisiones como “combinaciones de situaciones y conductas que pueden ser descritas en términos de tres componentes esenciales: acciones alternativas, consecuencias y sucesos inciertos”.

Mientras, Leon Blan Buris ofrece un concepto más conciso: “la elección que se hace entre varias alterativas”, ya sea de forma meditada o inconscientemente, pues en la mayoría de ocasiones, esta decisión ni siquiera es percibida, ni analizada por nosotros mismos.

Nuestro cerebro durante la toma de decisiones

Existe un  problema consistrnte en  que decidir puede resultar agotador, e incluso puede desembocar en un miedo al fracaso patológico, lo que nos lleva muchas veces a “no hacer nada”, es decir, a dejar que sean las circunstancias o la opción predeterminada la que se imponga. Esta actitud está representada por el “A mí me da igual”, “Lo que diga la mayoría” o sencillamente aceptar a cualquier mensaje que aparezca en nuestra pantalla.

En este sentido, Dan Ariely ejemplifica muy bien esta práctica generalizada en su charla TED Are we in control of our own decisions?  haciendo uso de los datos proporcionados por aquellas personas  que se hicieron donantes de órganos a través de los formularios del carné de conducir. Las estadísticas establecían índices muy dispares entre unos países y otros, pero lo curioso es que esta mayor o menor tendencia hacia la donación de órganos estaba estrechamente vinculada al formato del documento de consentimiento: marcar la casilla para hacerse donante o dejarla sin marcar para convertirse en donante. Curiosamente, en este segundo caso, nadie marcó expresamente esa casilla para negarse a la donación.

Cómo tomar mejor decisiones

Como vemos, tomar  decisiones eficaces requiere de una expresa voluntad para evaluar los pros y contras y las consecuencias y efectos que nuestra opción traerá consigo, pero también está afectada por una serie de circunstancias neurológicas que, sin que nos demos cuenta, pueden influir en nuestra respuesta final.

Por ello, a partir de diferentes investigaciones científicas, el proceso para tomar mejor decisiones debería seguir los siguientes 5 consejos:

  1. Decide por las mañanas. Como explica Baba Shiv en su vídeo How to Make Better Decisions, los niveles de serotonina están en su máximo a primera hora del día, contribuyendo a calmar nuestro cerebro y reducir el miedo al riesgo o al fracaso. Conforme avanza el día, en cambio, esta sustancia empieza a decrecer, generando mayor indecisión u omisión. Por ello, la doctora y psicóloga organizacional Amantha Imber aconseja planificar las decisiones importantes para el comienzo de la jornada siempre que sea posible.
  2. Descansado, mejor. ¿Qué ocurre el resto del día? Cuando no puedes esperar a que amanezca, lo recomendable es, al menos, tratar de encontrarte descansado, dejando una hora ‘libre de decisiones’ antes de decidir. Así evitarás el riesgo de optar por alternativas erróneas como consecuencia de la fatiga mental. En este sentido, un estudio desarrollado en 2010 por Shai Danziger, de la Universidad Ben Gurion de Negev, evidencia que los jueves tenían más probabilidades de otorgar la libertad condicional a los reos a primera hora de la mañana o después de los recesos que el resto del tiempo.
  3. Come primero. Del mismo modo que los expertos recomiendan no hacer la compra en el supermercado con el estómago vacío, otras investigaciones, como el trabajo Evaluating Eve: Visceral States Influence the Evaluation of Impulsive Behavior,  ponen de manifiesto que si tenemos hambre, sed o deseo sexual, , ese estado físico se traslada al cerebro, haciéndonos sentir más deseos y necesidad de grandes recompensas, cuando tomamos decisiones haciendo que corramos mayores riesgos y actuemos de forma impulsiva.
  4. Abre las ventanas. La respuesta sobre cuál es la mejor alternativa no va a venir desde el exterior, pero es aconsejable renovar el aire de la habitación, disminuyendo los niveles de CO2, lo que favorece todas las funciones cerebrales, incluida la toma de decisiones. Así, el estudio Elevated carbon dioxide may impair reasoning, sobre los niveles de dióxido de carbono en los espacios de trabajo, determinó que según aumenta el CO2, nuestra capacidad cognitiva decae.
  1. Decide en otro idioma. Para terminar estos curiosos consejos sobre cómo tomar mejor decisiones, piensa en un idioma extranjero para llegar a una conclusión, especialmente en aquellas situaciones en las que se ven implicadas  las emociones. ¿Por qué? Debido al llamado efecto de enmarcado: el hecho de no ser nuestra lengua materna nos permite eliminar los efectos emocionales del mismo, como desvela el estudio The Foreign-Language Effect: Thinking in a Foreign Tongue Reduces Decision Biases.

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