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Vivimos en un entorno con grandes cambios a nivel social, cultural, político y tecnológico que, en muchas ocasiones, alteran los esquemas de las personas, obligándolos a rediseñar su propia identidad personal.

Este conflicto interior también es habitual en el ámbito laboral, pues la rápida evolución de las empresas exige que los profesionales se reinventen constantemente, lo que, en algunos momentos, puede superar a los trabajadores, haciéndoles dudar de su papel en la organización, su valía, sus objetivos, su nivel de desempeño o, incluso, su interés por permanecer en el mismo puesto de trabajo.

Estamos entonces ante una crisis de identidad personal en el ámbito laboral, pero ¿cómo podemos afrontar esta situación?

Qué es la identidad personal

Para comprender en qué consiste esta crisis, hay que entender qué es la identidad personal. En este sentido, J.L. Rodríguez Sánchez, en Transtornos de identidad, factor común en los alumnos ‘problema’ de bachillerato, define el concepto como “la capacidad que posee una persona para integrar su autopercepción y la imagen que tiene del mundo con su actuación; lo que presupone un conocimiento claro y preciso de sus capacidades, intereses, actitudes, objetivos, normas y valores, que le permita estar a gusto consigo mismo, conocer qué quiere y luchar por obtenerlo, dentro de las reglas que le dictan sus propias normas y valores”.

Por su parte, Ronald D. Laing, en El yo y los otros, se refiere a la identidad personal como “el sentido que un individuo da a sus actos, percepciones, motivos e intenciones, es decir, aquello por lo que uno se siente que es él mismo y con lo que se siente identificado”.

Para W. H. Fitts, autor de Manual Tennesse Department of Mental Health Self Concept Scale, la identidad personal es “uno de los principales factores que describen la percepción que una persona tiene de sí misma”.

Siguiendo esta idea, Erving Goffman, en The Presentation Of Self in Everyday Lyfe desglosa la identidad personal en tres elementos:

  • La identidad social, como el carácter y aquellos rasgos, que una sociedad emplea normalmente para establecer amplias categorías o clases de personas.
  • La identidad personal, como esas características genéricas, junto con otras, que son propias y distintivas de cada individuo concreto {como su rostro, su cuerpo o determinadas acciones), que dan lugar a una imagen única y diferenciada de cada persona.
  • La identidad del yo, como las concepciones y valoraciones de la propia persona sobre sí misma y que, a diferencia de las dos primeras, no son categorizadas o definidas por los otros.

Conformación de la identidad

La construcción de una identidad personal es un proceso adaptativo y constante. Desde pequeños, vamos forjando nuestro ‘yo’ y reformulándolo conforme avanzan los años y se suceden los cambios.

No obstante, como señala Laing, “la identidad está sellada por los rituales de la confirmación, los cuales confirman y unifican el concepto que cada persona tiene sobre sí misma”. Es decir, para saber quiénes somos, primero debemos descubrir cómo nos ven los demás. Según sostiene George H. Mead, en Espíritu, Persona y Sociedad, la identidad personal se deriva de la participación en un acto social de comunicación, en el que se produce una mínima reciprocidad de perspectivas. “Incluso antes de que podamos identificarnos con nuestro nombre o con nuestro cuerpo, ya hemos sido identificados por los demás y a través de los demás”, añade José Ramón Torregrosa en su trabajo Sobre la identidad personal como identidad social.

Este desarrollo de la identidad personal se produce en ocho etapas a lo largo de nuestra vida, o lo que Erik Erikson, autor de Identity and the Life Cycle, denomina estadios piscosociales:

  1. Confianza Vs. desconfianza. Desde el nacimiento hasta los 18 meses de vida, la identidad personal se forja en función de la relación o vínculo con la madre, aspecto determinante de la seguridad o desconfianza hacia las futuras relaciones interpersonales.
  2. Autonomía Vs. vergüenza y duda. Hasta los tres años, el bebé inicia su desarrollo cognitivo y muscular, un proceso de aprendizaje que puede generar dudas o hacer sentir vergüenza aunque, si es superado, aportar autonomía e independencia.
  3. Iniciativa Vs. culpa. De los 3 a los 5 años, el menor evoluciona rápidamente y aparece su interés por relacionarse con otras personas y a cuestionar todo, lo que pone a prueba sus habilidades. La respuesta de los demás hacia esa curiosidad determinará el sentimiento de iniciativa o culpa de cada persona.
  4. Laboriosidad Vs. inferioridad. Entre los 6 y los 12 años, los niños aprenden a realizar las cosas por sí mismos, demostrando sus competencias, aunque si sus actos no son reforzados positivamente producirá un complejo de inferioridad en los menores.
  5. Exploración de la identidad Vs. difusión de la identidad. Durante la adolescencia es cuando las personas autocuestionan su identidad personal a partir de las experiencias vividas, lo cual no impide que surjan numerosas dudas.
  6. Intimidad Vs. aislamiento. Pasados los 20 años y hasta los 40, los individuos apuestan más por relaciones íntimas y comprometidas, aunque si no existe reciprocidad puede acabar en soledad y aislamiento.
  7. Generatividad Vs. estancamiento. Entre los 40 y los 60 surge una lucha entre la productividad (sentirse útil para los demás) y el estancamiento (sensación de que lo que hace no sirve para nada).
  8. Integridad Vs. desesperación. Cumplidos los 60 años se produce el último reto de identidad personal, en el que se contempla el camino recorrido buscando la plenitud. En tal caso, aparece el sentimiento de sabiduría, mientras que, si se fracasa, aparece amargura y desesperación.

La crisis de identidad en la actualidad

Como vemos, todas las etapas suponen un desafío que puede terminar con una crisis de identidad, más aún, en las actuales condiciones de cambio social rápido. Esta situación “puede exceder el umbral de tolerancia o la capacidad de adaptación, produciendo una asimetría o desfase entre los ritmos personales y los ritmos sociales de cambio”, explica Torregrosa.

Aburrimiento constante, desmotivación, insatisfacción, no saber cómo cambiar de vida, extrañeza ante uno mismo, cambio de hábitos que no suponen mejoras, vacío existencial, agotamiento emocional, disconformidad con las decisiones pasadas o miedo ante el futuro son algunos de los síntomas de la crisis de identidad personal.

Una división interna que es frecuente en el marco laboral. “Ahora, los directivos, en un entorno confuso y volátil, enfrentan grandes niveles de imprevisibilidad y presiones políticas que ponen en entredicho las mismas estructuras e incluso la misma razón de ser de sus organizaciones; si a ello se le suma la rapidez con la que se suceden los acontecimientos, el desconcierto es aún mayor entre los directivos, quienes tienen que tomar decisiones en un mundo en continuo cambio”, ejemplifican O. Islas, A. Amai y F. Gutiérrez en La contribución de Alvin Toffler al imaginario teórico y conceptual de la comunicación.

¿Qué podemos hacer ante estas crisis de identidad? En palabras de Alvin Toffler, autor de El ‘shock’ del futuro, “para sobrevivir, el individuo debe convertirse en un ser infinitamente  adaptable y sagaz.. Sin embargo, antes de que pueda hacerlo, debe comprender, de forma detallada y profunda, la manera en que los efectos de la aceleración influyen en su vida personal, influyen en su comportamiento y alteran la calidad de su existencia. En otras palabras: debe comprender la transitoriedad”.

Para conseguir esta transición, la psicóloga Kendra Cherr propone 4 consejos:  

  • Meditación. Ante una crisis de identidad personal, el primer paso es reflexionar sobre los objetivos que queremos conseguir,  qué aspectos de nuestra vida queremos cambiar y qué factores  están provocando esa insatisfacción existencial.
  • A pesar del malestar que supone sufrir una crisis de identidad personal, es recomendable los centrarse en aquellos aspectos que  nos hacen felices y, de esa forma, desarrollar un pensamiento positivo ante el reto que tenemos delante.
  • No comparación. Cada persona es única, por tanto comparar nuestra vida y éxitos con los de los demás solo nos causará frustración y angustia. Debemos valorar lo que hemos conseguido y lo que queremos, sin tratar de impresionar o superar al resto.
  • Capacitación. Para recobrar la identidad personal y hallar el camino a seguir, nada mejor que ampliar nuestras capacidades y competencias. Además de mejorar nuestra autoestima y seguridad, esta acción nos permitirá adquirir habilidades necesarias para emprender el cambio.

Respecto a este último punto, en la Escuela Europea de Management disponemos de diferentes programas formativos con los que redirigir tu carrera profesional y reencontrar tu identidad personal, como el Curso Online Executive en Desarrollo Personal, con el que podrás potenciar tu eficacia profesional y aumentar tus oportunidades en el mercado laboral.