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Corazonadas, pálpitos, presentimientos… Son muchas las formas de referirse al pensamiento intuitivo, esa capacidad de tomar una decisión basada en sensaciones, en lugar de en hechos racionales o científicos.

El mundo de los negocios no es ajeno a la intuición. La usamos cuando somos más amables con un compañero porque sentimos que está pasando un mal momento, cuando llamamos a un proveedor porque intuimos que está negociando con la competencia o cuando se nos activan todas las alarmas porque presentimos que un producto no va a funcionar.

¿Qué es el pensamiento intuitivo?

Según Joaquín Fuster, autor del libro Cerebro y libertad, la intuición “es el pensamiento lógico inconsciente” y, como tal, tiene un papel muy relevante en la toma de decisiones pues se configura como una solución inconsciente a problemas conscientes.

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En este sentido, según Elisabeth Corrales Navarro, autora del ensayo  La intuición como proceso cognitivo, el pensamiento intuitivo es “la capacidad humana de llegar a conclusiones correctas a partir de información escasa y en poco tiempo mediante un procesamiento subsimbólico que no siempre está a nivel consciente”. Por ello, continúa la autora, “cuanta más información relevante se tenga guardada en la memoria, mejor será la capacidad para resolver intuitivamente diversas situaciones”.

De ahí que Lisa A. Burke-Smalley y M.K. Miller, en Taking the mystery out of intuitive decision making, manifiesten que la intuición, basada en el conocimiento acumulado por la experiencia cotidiana, la actividad profesional específica y la formación académica, puede ser beneficiosa en ciertos escenarios, y, en ocasiones, puede ser el enfoque de la decisión principal y disponible.

¿De dónde viene la intuición?

Según evidencian las investigaciones neurocientíficas, el pensamiento intuitivo no se construye al azar, sino que descansa sobre toda la información que las personas hemos ido acumulando a lo largo de los años, aunque no seamos conscientes de la misma.

En concreto, la intuición lleva aparejado un proceso cognitivo muy complejo que despierta el sistema límbico central, especialmente la amígdala, activando una especie de ‘bibliotecario’ en el cerebro,  que permite tomar como referencia las experiencias pasadas para aplicarlas a la situación actual, creando conexiones entre ideas que, de forma consciente, no conseguimos relacionar.

Así, el pensamiento intuitivo comienza con la recopilación de los datos de la experiencia, que se procesan de forma inconsciente y automática, permitiendo crear una base de datos ‘encriptada’, que nos hace llegar a conclusiones aparentemente no-racionales. De ahí que sepamos cuando alguien nos está mintiendo, gracias a que llevamos años estudiando de forma involuntaria las expresiones faciales de los demás, o que advirtamos una situación de riesgo, parecida a situaciones similares vividas, observadas o escuchadas en el pasado.

Pensamiento intuitivo Vs. pensamiento analítico

Aunque la dicotomía entre lógica e intuición ha existido desde hace siglos, durante las últimas décadas se ha producido un rechazo del pensamiento intuitivo en favor del analítico. “Cuando intuimos, estamos sintiendo, no pensando, y esto ha sido descalificado durante generaciones como un signo de debilidad o de poca evolución”, asegura Gabriela Hernández en La intuición para tomar una decisión, ¿un acto de inteligencia?. Se demanda un cambio de paradigma, en el que la intuición representa la expresión máxima de la conexión con nuestro despertar de la conciencia cuántica, no de la razón, ni  de la lógica.                         Ya lo decía Albert Einstein: “La mente intuitiva es un regalo sagrado y la mente racional es un fiel sirviente. Hemos creado una sociedad que rinde honores al sirviente y ha olvidado el regalo”.

¿Por qué debemos favorecer una combinación de ambos procesos cognitivos? Evidentemente, la intuición no es infalible al 100% y presenta errores. Sin embargo, como señala Edward De Bono, autor de El pensamiento creativo, “puede aportar algo valioso”.                                                                                                   “Todos los días, los seres humanos nos enfrentamos a la toma de decisiones (triviales o profundas) y, si nos dedicamos a analizar cada una con rigor científico, nunca lograremos ejecutar ningún proyecto”, sostiene Corrales Navarro.

Es más, la mente humana es capaz de analizar información de forma consciente a una velocidad de 50 bits por segundo, mientras que inconscientemente consigue procesar más de 10 millones de bits por segundo. “Resulta que, sin duda, atesoramos en nuestro desván interior (o mejor, en nuestros sótanos) una gran cantidad de información cuyo más completo aprovechamiento —mediante la fenomenología intuitiva— constituye un reto a asumir”, expone José Enebral Fernández en el artículo Por qué la intuición en la empresa.

¿Cómo potenciar el pensamiento intuitivo?

A pesar de que el pensamiento intuitivo nace del inconsciente, existen mecanismos para entrenar la intuición. En concreto, la psicóloga Frances Vaughan, autora de Beyond Ego: Transpersonal Dimensions in Psychology, propone las siguientes pautas para potenciar la inteligencia intuitiva:

  1. Intención: El primer requisito para despertar conscientemente la intuición es una clara intención de lograrlo, dedicando tiempo para sintonizarnos con nuestra intuición.
  2. Relajación: Conseguir un estado emocional de calma contribuye a que la intuición aparezca. En este sentido, los silencios son buenos momentos para que florezca.
  3. Honestidad: Tenemos que estar dispuestos a enfrentarnos con el auto-engaño y ser honestos con nosotros mismos y los demás.
  4. Receptividad: Demasiada actividad o programación consciente limita la aparición del pensamiento intuitivo, por lo que es conveniente desarrollar la atención selectiva, con el fin de captar las energías y cualidades procedentes de la experiencia y mostrar confianza en los presentimientos.
  5. Juego no verbal: Las actividades creativas, como el dibujo, la música o la danza son canales para potenciar la actividad en el hemisferio derecho y, con ella, el pensamiento intuitivo.
  6. Valor: El temor obstaculiza la experiencia directa y con frecuencia deforma nuestra percepción. Solo podremos ver las cosas tal como son cuando los deseos y temores desaparecen.
  7. Empatía: Mostrarnos empáticos, percibiendo los sentimientos sin juicios de valor, favorecen la intuición.
  8. Práctica: La inteligencia intuitiva crece mediante la atención diaria, realizando un registro de esos pálpitos, que aparecen de forma espontánea, para lograr categorizarlos y comprenderlos.

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