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“Estaba equivocado”, dos sencillas palabras que resultan muy difíciles de pronunciar. Sea por vergüenza, por miedo a las represalias, por orgullo o por propia asunción del fallo, la gran mayoría de personas evita reconocer los errores que comete. Sin embargo, admitir una equivocación resulta altamente beneficioso para las personas.

¿Por qué es tan difícil reconocer los errores?

Como seres humanos, todo el mundo se equivoca  en mayor o menor medida y, sin embargo, reconocer los errores es algo que muy pocos practicamos con asiduidad. ¿A qué se debe este comportamiento? Existen varias razones principales que lo explican:

  • Miedo a ser humillado o cuestionado. Al cometer un fallo, la primera reacción es tratar de ocultarlo para que el resto no  cree una imagen negativa hacia nosotros; surge el saboteador miedo al fracaso. Es curioso, porque todos pensamos que equivocarnos va a causarnos un descrédito en nuestro entorno –e incluso efectos perjudiciales, como ser despedidos, por ejemplo- y, sin embargo, si apostamos por reconocer los errores, conseguiremos credibilidad, no desconfianza. “Como humanos imperfectos, ver a alguien rectificar conecta con nuestras propias inseguridades: me lo creo porque a mí también me ha pasado”, explica Mª Victoria S. Nada en el artículo de El País Reconocer los errores aumenta la credibilidad, también en el trabajo.
  • Pérdida de la sensación de poder. Otro factor que nos impide reconocer los errores es la pérdida de poder que sentimos cuando admitimos un fallo en favor de nuestro interlocutor. Dar la razón a un compañero hace que este se sitúe en una situación de superioridad hacia nosotros y, por eso, tratamos de eludir este momento. En este sentido, según la investigación Refusing To Apologize Can Have Psychological Benefits (And We Issue No Mea Culpa For This Research Finding), llevada a cabo por Tyler Okimoto, las personas que rehúsan disculparse después de cometer un fallo tienen más autoestima (en exceso?) y creen tener más control, en comparación con aquellas que optan por reconocer los errores. Sin embargo, este sentimiento es un estado a corto plazo y termina poniendo en riesgo la confianza sobre la que se basan las relaciones interpersonales..
  • Sesgo de confirmación. Tenemos el doble de probabilidades de dar por cierto un hecho que coincida con nuestras ideas preconcebidas que otra que no concuerde, como evidencia el estudio Feeling Validated Versus Being Correct: A Meta-Analysis Of Selective Exposure To Information. Es el llamado sesgo de confirmación, un mecanismo mental que nos hace mantenernos en nuestra postura inicial y buscar justificaciones que la avale, cayendo en nuestros propios prejuicios.
  • Disonancia cognitiva. En este mismo sentido, otra barrera mental para reconocer los errores es la denominada disonancia cognitiva, un estado mental en el que existe contradicción entre lo que hacemos y lo que decimos. Por ejemplo, podemos considerarnos personas altamente detallistas y, por eso, el haber olvidado enviar un correo urgente choca con nuestra propia imagen, provocando un malestar interno que evitamos alegando razones que nos eximan de la culpa. “La disonancia cognitiva consiste en lo que sentimos cuando el concepto que tenemos de nosotros mismos (soy inteligente, soy amable y estoy convencido de que esto es verdad) se ve confrontado por el hecho de que lo que hicimos no fue lo mejor, que lastimamos a otra persona y que esa creencia no es verdad”, comenta Carol Tavris, autora Mistakes Were Made (But Not by Me).

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¿Por qué debemos entonar el ‘Mea Culpa’?

Como hemos comentado, reconocer los errores dispara nuestra credibilidad, pero no solo eso; admitir nuestros fallos evita que caigamos en la frustración y el sentimiento de culpa, puesto que aunque el resto desconozca la equivocación, nosotros no podemos obviarla. “Podemos engañar a la gente, haciéndoles ver que somos ‘perfectos’, pero jamás nos podremos engañar a nosotros mismos”, asegura Cristina Pérez en Reconocer los errores para crecer.

No cometer fallos solo puede indicar dos cosas: o nos estamos autoengañando o nos mantenemos en una cómoda zona de confort que nos impide evolucionar. Y es que, son los errores, más que los aciertos, los nos brindan la oportunidad de aprender y mejorar. “El único modo de corregir una equivocación es reconocer su existencia y hacer algo al respecto para corregirla, no hay otra opción. Mientras la solución continúe siendo la negación, en cualquiera de sus formas y mecanismos, no hay nada que hacer al respecto”, señala Pedro Martín-Moreno en El sorprendente poder de nuestros errores.

El proceso de aprendizaje no es más que eso, un camino de ensayo-error como el que ocurre en la Ciencia. “Nos concentramos tanto tiempo en maximizar nuestras fortalezas, pero no lo suficiente en comprender cómo y por qué fallamos, lo cual es igualmente importante para el éxito en el mercado”, sostiene Glenn Llopis en 4 Reasons Great Leaders Admit Their Mistakes.

Esta necesidad de reconocer los errores se extiende también al ámbito profesional, donde las compañías deben empezar a instaurar una cultura de la equivocación que permita a los profesionales tener autonomía para proponer nuevos proyectos y sentirse cómodos ante los fallos. Para ser innovador, hay que arriesgarse, pero ¿cómo van los trabajadores a proponer ideas que pueden no funcionar si sus fallos son reprendidos por la organización? En cambio, si la empresa concibe los errores como el primer paso para la mejora, promoverá la creatividad, la iniciativa y la productividad de la plantilla. Como señala Fredy Koffman en su libro La empresa consciente, “los errores son oportunidades de aprendizaje. Un defecto es un tesoro. Así como un síntoma revela una enfermedad subyacente y permite su tratamiento, un error es una oportunidad para analizar y mejorar el proceso que lo creó”.

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