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Trabajar para vivir y no vivir para trabajar. Esta máxima resume a la perfección el movimiento de downshifting, una filosofía que apuesta por restar importancia al ámbito laboral y el dinero para trasladarla a las experiencias que permiten disfrutar de la vida.

Estamos inmersos en un frenético ritmo de vida, donde el trabajo y las responsabilidades acaparan prácticamente todo nuestro tiempo, generando un nefasto desequilibrio entre la esfera laboral y personal. Faltar a un encuentro familiar porque tenemos que terminar un informe; anular una cena con los amigos porque hemos recibido un encargo de última hora; no desconectar del trabajo ni en vacaciones; quedarnos en la oficina hasta altas horas de la madrugada para demostrar que merecemos el ascenso y ganar más dinero; o simplemente no poder conversar durante el almuerzo con la pareja porque estamos contestando emails y mensajes son algunas situaciones comunes que evidencian esta falta de conciliación entre el trabajo y el tiempo libre.

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¿Te has sentido así alguna vez? Quizá sea el momento de practicar el downshifting, es decir, reducir la marcha –como se traduce literalmente este término-.

¿Qué es el downshifting?

Según el diccionario Collins, el dowshifting consiste en “cambiar voluntariamente de ritmo de trabajo para conseguir una mayor calidad de vida”, es decir, reajustar las prioridades personales, sin caer en la inercia de una mentalidad que erige el poder adquisitivo y el consumo con clave de la felicidad.

Según expone Montse Mateos, en el artículo Practica el downshifting para escapar del estrés laboral, el downshifting es “un comportamiento social de aquellos que deciden vivir vidas más simples para escapar del materialismo obsesivo y reducir la tensión y el estrés”.

Los downshifters, explica Fernando Botella, CEO de Think&Action, “son personas que optan por vivir de otra manera, decidiendo qué es lo que necesitan y desean”. “Se trata de lograr el equilibrio entre el ocio y el trabajo, un ejercicio muy saludable que sólo logran unos pocos”, continúa el experto.

Aunque pueda parecer una nueva filosofía vital, sus raíces se remontan siglos. De hecho, uno de los mayores representantes del downshifting fue Epícteto (55-135 d.C.). En su obra El arte de vivir, el filósofo griego recoge el siguiente pensamiento: “El valor que damos al dinero, al estatus y a la competencia envenena nuestras relaciones personales. La vida feliz será imposible mientras no simplifiquemos nuestros hábitos y no moderemos nuestros deseos”.

En los años 80, este movimiento recupera actualidad y empiezan a generalizarse los casos de altos ejecutivos que deciden dejar sus extraordinariamente retribuidos puestos porque le dedicaban a esta faceta mucho tiempo, robando horas a su vida familiar, su ocio personal y su salud. Bien lo resume Duane Elgin, uno de los principales impulsores del downshifting de la época, en su libro Voluntary Simplicity, donde señala que “la simplicidad voluntaria aboga por eliminar todo lo superfluo e innecesario en nuestras vidas para liberar tiempo y recursos, para vivir una vida más consciente, libre y plena”.

¿Por qué está en auge esta filosofía de vida?

En la actualidad asistimos a un nuevo ‘boom’ del downshifting y las experiencias ‘slow’, causado por los últimos años de crisis económica, que han llevado a muchas personas a exprimir al máximo su faceta profesional, en detrimento de su bienestar personal. En España, según puntualizan Ramón Jáuregui, Francisco Egea y Javier de la Puerta en el libro El tiempo que vivimos y el reparto del trabajo: la gran transformación del trabajo, la jornada laboral y el tiempo libre, en 1985, el 45% de los españoles asociaba felicidad con el binomio trabajo-dinero, mientras que en 1996, este porcentaje descendió hasta el 28%.

Como apunta Gates McKibbin, un consultor de rendimiento empresarial de la empresa McKinsey, “el ritmo acelerado y la presión para estar siempre disponible, tecnológicamente posible -gracias a los omnipresentes teléfonos móviles, el buzón de voz, el correo electrónico, los ordenadores portátiles y el fax-, fomentan la expectativa de que el trabajador debería estar listo para solucionar temas de trabajo 24 horas al día, sin importar dónde esté ni lo que esté haciendo”.

Esto somete a las personas a grandes presiones: pesadas cargas laborales, la necesidad de una constante y rápida adaptación a los cambios, la exigencia de disponibilidad inmediata para atender a los clientes, la presión de las empresas por obtener beneficios, una alta competitividad entre compañeros…  Factores que están generando que cada vez más profesionales estén tirando de freno de mano para poder bajarse de esta noria de estrés y burnout y cambiar de vida. De hecho, según recoge John D. Drake en su libro Vivir más, trabajar menos: downshifting, una opción de vida, el 49% de la población, es decir, casi uno de cada dos ciudadanos, afirma que la sociedad pone demasiado énfasis en el trabajo y no lo suficiente en el ocio.

¿Cómo practicar el downshifting?

La búsqueda del equilibro es muy personal y depende de cada persona. No es necesario dejarlo todo para irse un año sabático de viaje por el mundo, o renunciar a un buen puesto por no asumir más responsabilidad, sino de adquirir buenos hábitos que nos permitan esa deseada conciliación, aunque sea a través de un estilo de vida más sencillo.

En este sentido, la psicóloga Mertxe Pasamontes, en el artículo Una docena de razones para practicar downshifting, recoge los pilares básicos que conlleva el ejercicio del downshifting:

  1. Tener más tiempo libre, esforzándonos por aparcar el trabajo al terminar la jornada laboral y disfrutar de los periodos de ocio.
  2. Comprender que el trabajo no lo es todo, sin que nuestra carrera profesional se convierta en una obsesión que nos impida realizar cualquier otra actividad.
  3. Reducir el consumismo, replanteándonos si realmente necesitamos tantos productos para ser felices como el mercado nos quiere hacer creer.
  4. Valorar más las cosas, es decir, recuperar esa emoción de conseguir algo ciertamente deseado, lo que se consigue al eliminar las compras superfluas.
  5. No vivir a crédito, pues esta situación solo provoca mayor estrés y la imperiosa necesidad de entrar en el círculo del que queremos salir.
  6. Disfrutar de las experiencias gratuitas, esas ‘pequeñas cosas’ que en muchas ocasiones reportan las mayores satisfacciones.
  7. Trabajar menos, estableciendo límites coherentes en la disponibilidad y dedicación al empleo.
  8. Tener menos preocupaciones, lo que será consecuencia natural de los hábitos anteriores.
  9. Dejar de hacer cosas que nos desagradan y que solo aportan estrés y ansiedad.
  10. Cuidarnos más, gracias al mayor tiempo libre, nos ayuda a recobrar la vitalidad y mejorar la salud para disfrutar de la vida con plenitud.
  11. Dejar de tener prisa, aunque esto suponga concluir menos tareas al día, porque abordar cualquier tema con calma nos permite obtener una experiencia positiva durante el proceso.
  12. Ser más libres y felices como resultado de estos ejercicios, al poder hacer tareas que nos gustan, sin caer presos de cánones de comportamiento impuestos.

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