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La autoexigencia y la búsqueda de la perfección son dos características generalmente bien vistas en el mundo de los negocios, pues generan en los profesionales altos niveles de responsabilidad y compromiso con el trabajo que permiten a la empresa avanzar a un ritmo mayor.

Sin embargo, aunque a priori pueden considerarse una cualidad positiva, en exceso se transforman en limitaciones con consecuencias muy perjudiciales, tanto para el trabajador en cuestión, como para el equipo y la organización. ¿Cuándo la autoexigencia es constructiva y cuándo se convierte en un hándicap?

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La autoexigencia constructiva

Jesús Mondria Moreno, en su libro El decálogo de la excelencia, incluye cultivar la autoexigencia como uno de los diez elementos para conseguir el éxito. ¿Por qué?

Según señala la doctora en Psicología Marilén Barceló, en una entrevista para Mensalus, las personas autoexigentes presentan una serie de virtudes muy valoradas en el campo profesional:

  • Son muy trabajadoras y les gusta hacer las cosas bien, por ello, se convierten en profesionales con mucho potencial.
  • No se rinden ante los problemas, buscan siempre una solución, y perseveran en dicha búsqueda.
  • Ponen todos los medios a su disposición para no cometer errores, lo que les confiere una alta fiabilidad.
  • Son profesionales muy ordenados y planifican con minuciosidad cada paso.
  • Respetan las figuras de autoridad y las normas, por lo que son dignas de confianza.

En este sentido, la autoexigencia bien entendida es evidenciada a través de los siguientes comportamientos:

  • Respeto a uno mismo. Los trabajadores autoexigentes identifican sus errores, pero no los usan para autocastigarse o menospreciarse, sino que los conciben como una información valiosa, que les permitenp aprender de ellos. Lo que denota una actitud positiva hacia el futuro.
  • Objetividad. La autoexigencia constructiva pasa por analizar cada situación sin generalizar (“Todo lo hago mal”) o exagerar de forma negativa (“Ha sido un fracaso absoluto”), sino practicando una autocrítica que permita determinar tanto las debilidades, como las fortalezas.
  • Automotivación. En lugar de convertir sus motivaciones en férreas obligaciones, estas personas  muestran una perspectiva comprensiva hacia sí mismos. Es decir, piensan en términos de “Me gustaría tener este trabajo para el viernes”, en lugar de “Debo tener, sí o sí, este trabajo para el viernes”.
  • Realismo. Las metas de los profesionales con alta autoexigencia siempre son altas, pero para que esta característica sea ventajosa, no caen en aspiraciones irreales e inalcanzables, sino que plantean expectativas realistas y factibles.
  • Reconocimiento. La buena autoexigencia también requiere saber valorar los éxitos cosechados, potenciando la autoestima.
  • Equilibro. Para que la autoexigencia no desemboque en un caso de síndrome de burnout, es importante marcar los límites personales y dedicar tiempo a descansar y desconectar del trabajo.

La autoexigencia destructiva

El problema surge cuando la autoexigencia es llevada al extremo, generando importantes perjuicios para el trabajador y su entorno. En estos casos, lo que era una fortaleza se transforma en una debilidad que presenta una actitud inflexible frente al resto de opiniones, rechaza la colaboración, genera un control exacerbado, provoca tensión en el clima laboral, se bloquea ante situaciones inesperadas, procrastina la entrega de proyectos y, en términos generales, paraliza el avance de la compañía. Además, a nivel individual, esta autoexigencia destructiva produce frustración y desmotivación en el propio trabajador, aminorando notablemente su productividad y bienestar.

¿Cómo podemos reconocer un nivel exagerado de autoexigencia? Estos son los hábitos que indican una personalidad excesivamente perfeccionista:

  • Autocastigo. Para estos profesionales, nada de lo que hacen es suficientemente bueno, por lo que centran su atención solo en los errores, menospreciando u obviando cualquier atisbo de logro, y usan un lenguaje peyorativo para referirse a su trabajo y a ellos mismos. Como señala Borja Vilaseca, en el artículo Radiografía de los perfeccionistas, las personas demasiado autoexigentes “miran el mundo a través de una lupa, mediante la cual ponen el énfasis en todo aquello imperfecto que debería ser mejor de como es ahora mismo”.
  • Inseguridad. Esta dura crítica continua menoscaba su autoestima, haciéndoles sentir inseguros en su desempeño.
  • Ineficacia. En su búsqueda por la perfección, los trabajadores entran en un bucle de revisión infinita de su trabajo, impidiéndoles culminar sus misiones.
  • Intransigencia. Este tipo de individuos consideran que su perspectiva es la única válida, rechazando las ideas y propuestas del resto de compañeros.
  • No delegación. Al querer controlarlo todo para evitar fallos, la autoexigencia destructiva de estos individuos les impide delegar en otros, lo que le genera una alta sobrecarga de trabajo que provoca estrés y frustración.
  • Toma de decisiones. Su afán por planificar ante el más mínimo detalles le dificulta a la hora de tomar decisiones en un entorno de incertidumbre.

¿Cuál es la clave para sacar provecho de la autoexigencia? Según señala Antonio López Ramons, en su libro El éxito sostenible a través del error, “no se trata de dejar de ser autoexigente, sino de limitar la autoexigencia a las demandas del sistema, es decir, de poner el nivel de autoexigencia al servicio del sistema y no en satisfacer las necesidades psíquicas individuales contra el miedo al error”. “Sólo es posible tener una apreciación realista de donde estamos en términos de nuestros objetivos o ideales, cuando nuestra evolución no se basa en el juego auto-castigador o en las defensas contrarrestantes”, añade Claudio Naranjo en La vieja y novísima Gestalt. Actitud y Práctica.

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